La Navidad puede intensificar las dinámicas y tensiones que ya existen en nosotros y en nuestras relaciones, pero no tenemos que reaccionar a ellas. Podemos aprender a reconocer nuestra reactividad, identificar las falsas necesidades que la provocan y crear un espacio para responder desde la presencia de Dios, recordando que “Dios ya está en el lugar” antes de que nosotros lleguemos.